A lovely story I thought you would enjoy

Una Historia de fiestas navideñas

 

 

A lovely story I thought you would enjoy

 

Bobby was getting cold, sitting out there in his backyard, in the snow.  Bobby didn’t wear boots; he didn’t like them.

And anyway, he didn’t own any.  The thin sneakers he wore had a few holes in them, and they did a poor job of keeping out the cold.

Bobby had been in his backyard for about an hour already and, try as he might, he just could not come up with an idea for his mother’s Christmas gift.

He shook his head as he thought, “This is useless.  Even if I do come up with an idea, I don’t have any money to spend.”

Ever since his father had passed away three years ago, the family of five had struggled.  It wasn’t because his mother didn’t care or try.

There just never seemed to be enough money.  She worked nights at the hospital, but the small wage she earned could only be stretched so far.

What the family lacked in money and material things, they more than made up for in love and family unity.

Bobby had three sisters — two older, and one younger.  They ran the household in their mother’s absence.

All three of his sisters had already made beautiful gifts for their mother for Christmas.

Somehow, it just didn’t seem fair.  Here it was, Christmas Eve already, and he had nothing to give.

Wiping a tear from his eye, Bobby kicked the snow, then walked down the street to where the shops and stores were.

It wasn’t easy, being six without a father — especially when he needed a man to talk to.

Bobby walked from shop to shop, looking into each decorated window. Everything seemed so beautiful, yet so out of reach.

It was starting to get dark, and Bobby reluctantly turned to walk home — when suddenly his eyes caught the glimmer of the setting sun’s rays reflecting off something along the curb.

He reached down and discovered a shiny dime. Never before had anyone felt so wealthy as Bobby felt at that moment.

As he held his new found treasure, a warmth spread throughout his entire body, and he walked into the first store he saw.

His excitement quickly turned cold when salesperson after salesperson told him that he could not buy anything with just a dime.

Then he saw a flower shop and went inside to wait in line.

When the shop owner asked if he could help him, Bobby presented the dime and asked if he could buy one flower for his mother’s Christmas gift.

The shop owner looked at Bobby and his ten cent offering then put his hand on Bobby’s shoulder and said, “You wait here, and I’ll see what I can do for you.”

As Bobby waited, he looked at the many beautiful flowers and, even though he was a boy, he could see why mothers and girls liked flowers so much.

The sound of the door closing, as the last customer left, jolted Bobby back to reality.  All alone in the shop, Bobby began to feel alone and afraid.

Suddenly, the shop owner reappeared and moved to the counter.

There, before Bobby’s eyes, lay twelve, long stem, red roses, with leaves of green and tiny white flowers all tied together with a big silver bow.

Bobby’s heart sank as the owner picked them up and placed them gently into a long white box.

“That will be ten cents, young man,”  the shop owner said, reaching out his hand for the dime. Slowly, Bobby moved his hand to give the man his dime.

Could this be true?  No one else would give him anything for his dime.

Sensing the boy’s reluctance, the shop owner added, “I just happened to have some roses on sale for ten cents a dozen. Would you like them?” This time Bobby did not hesitate.  And when the man placed the long box into Bobby’s hands, he knew it was true.

Walking out the door that the shop owner was holding open for Bobby, he heard the shopkeeper say, “Merry Christmas, son.”

As he returned inside, the shopkeeper’s wife walked out. “Who were you talking to back there?  And where are those roses you were fixing?”

Staring out the window, blinking the tears from his eyes, he said,

“A strange thing happened to me this morning.  While I was setting up things to open the shop, I thought I heard a voice telling me to set aside a dozen of my very best roses for a special gift.

I wasn’t sure at the time whether I had lost my mind or what.  But I set them aside anyway.

“Then, just a few minutes ago, a little boy came into the shop and wanted to buy a flower for his mother with a dime.

When I looked at him, I saw myself, many years ago.  I too was a poor boy with nothing to buy my mother a Christmas gift.

A bearded man, whom I  never knew, stopped me on the street and told me that he wanted to give me ten dollars.

When I saw that little boy tonight, I suddenly realized whose voice that was.

So I put together a dozen of my very best roses.”

The shop owner and his wife hugged each other tightly.

And as they stepped out into the bitter cold air, they somehow didn’t feel cold at all.

We, at Hispanic Business Consultants, wish you that these Holidays are full of love, health and joy!

 

Also, that this coming 2019 everything in your life will be abundant of success, wellbeing and specially HAPPINESS.

Una linda historia, espero la disfrutes 

 

nino pobre

Juanito empezó a sentir frío, estaba sentado afuera de su casa, en la nieve. No traía puestas ningunas botas, no le gustaban y de todos modos ni tenía unas. Los tenis delgados que traía puestos tenían unos hoyos y estos no ayudaban a mantener el frío fuera.

Juanito había estado en el patio sentado cerca de una hora y por más que pensaba no se le ocurría ninguna idea para el regalo de Navidad de su mamá.

Mientras movía su cabecita pensaba “Esto es inútil. De todos modos aunque se me ocurriera una buena idea. No tengo dinero para comprarlo”.

Desde que su papa había fallecido tres años atrás, sus tres hermanas y su mamá habían tenido problemas.

No era por que a la mamá no le importara o no tratara. Simplemente no había suficiente dinero.

Ella trabajaba de noche en un hospital, pero el sueldo que le pagaban era bajo y no le alcanzaba para mucho.

Sin embargo, lo que a la familia le faltaba de dinero y cosas materiales, lo tenía en abundancia en amor y unidad familiar.

Juanito y sus tres hermanas –dos mayores que él y una menor. Se encargaban de la casa cuando la mama no estaba.

Las tres hermanas ya habían hecho unos regalos de Navidad muy bonitos para su mama.

De alguna manera para Juanito, esto no parecía justo. Ahí estaba la noche de Navidad y él no tenía nada que darle a su mama.

Limpiándose las lágrimas. Juanito pateo la nieve y empezó a caminar hacia donde estaban las tiendas.

No era fácil, tener seis años y sin papa – especialmente cuando necesitaba a un hombre con quien platicar.

Camino de tienda en tienda, mirando cada decoración en las ventanas. Todo se veía tan bonito y al mismo tiempo inalcanzable.

Empezaba a obscurecer y con cierta resistencia empezó a caminar de regreso a casa – cuando de repente sus ojos miraron el reflejo de los últimos rayos de la puesta de sol en algo tirado en la banqueta. Se agacho y descubrió una moneda de diez centavos.

Nunca antes nadie se había sentido tan rico como Juanito.

En el momento que recogía su gran tesoro, su cuerpo sintió un calor interno y una gran emoción, y camino hacia la primera tienda que vio.

Su entusiasmo rápidamente fue enfriado cuando vendedor tras vendedor le decían que no podía comprar nada con esos diez centavos.

Luego vio una florería y se metió y espero en línea.

Cuando el dueño de la tienda le pregunto qué que necesitaba, Juanito le mostró su moneda de diez centavos y pregunto si podría comprar una flor para dársela de regalo de Navidad a su mamá.

El dueño de la tienda miro a Juanito y sus diez centavos, luego puso sus manos en los hombros de Juanito y le dijo que esperara ahí, que iba a ver que podía hacer”

Mientras Juanito esperaba miraba todas esas flores tan hermosas y aunque era un niño, se daba cuenta porque las mamas y las niñas les gustaban mucho las flores.

El sonido de la puerta cerrándose, cuando el último cliente se iba, hizo que Juanito regresara a la realidad. Y empezó a sentirse solo y un poco asustado.

De repente, el dueño de la tienda apareció y se dirigió al mostrador.

Ahí ante los ojos de Juanito, estaban doce rosas rojas de tallo largo con hojas verdes y unas pequeñas florecitas blancas, todas amarradas con un moño plateado.

El corazón de Juanito casi se paró cuando vio que el dueño de la tienda ponía las rosas en una caja blanca.

“Bien, joven son diez centavos” –le dijo el dueño, poniendo su mano para que le dieran los diez centavos.

Muy lentamente Juanito movió su mano para darle los diez centavos al señor. ¿Podría esto ser cierto? Nadie le había querido dar nada por diez centavos.

Sintiendo la duda del niño, el dueño de la tienda agrego,

“Por coincidencia tenia esta docena de rosas en especial por diez centavos. ¿Las quieres?”

Esta vez Juanito no dudo ningún segundo. Y cuando el señor le puso la caja en las manos, Juanito supo que era verdad.

Saliendo de la tienda, mientras el dueño le abría la puerta, Juanito escucho decir, “Feliz Navidad”.

Cuando el dueño de la florería regresaba adentro, su esposa le pregunto que con quien estaba hablando, y que había pasado con la docena de rosas rojas.

Todavía viendo a través de la ventana y limpiándose las lágrimas le contesto a su esposa:

“Una cosa muy rara me paso en la mañana.

Mientras arreglaba todo para abrir la tienda, creí escuchar una voz diciéndome que apartara una docena de mis mejores rosas para un regalo muy especial.

No estaba seguro en ese momento si me estaba volviendo loco o qué. Pero aparte las rosas de todos modos.

“Luego, hace unos minutos, un pequeño niño quería comprar una rosa para su mama con diez centavos.

Cuando lo mire, me vi a mi mismo muchos años atrás.

Yo también era un niño muy pobre con nada para regalarle a mi mama en Navidad.

Un hombre con barba que nunca supe quien fue, me paro en la calle y me regalo diez dólares para que le comprara un regalo de Navidad a mi mama.

Cuando vi a ese pequeño esta noche, me di cuenta de quién era la voz que escuche.

Y supe que la docena de mis mejores rosas que aparte eran para ese niño”

El dueño de la florería y su esposa se abrazaron y salieron al aire frío, pero de alguna manera ellos no sintieron frío.

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